
Competí con el sol escondido bajo las sombras de un jardín florido, fui vapuleado por una diosa ingrata entre canales y campos venecianos, bailé con la muerte en la sala de un palacio y una calle de Mantua sirvió como refugio a mi desolación. Hoy, en este cementerio, se certifica lo que soy: un pobre muchacho convertido en instrumento inconsciente de un plan secreto. Todo acaba sobre esta losa, amores y también odios. Asistid a mi fin, llorad mi desventura y congratulaos porque el mundo, al final, parece estar bien hecho.
Se me quedó mirando, con el cuerpo contraído y la cabeza hundida entre los hombros. El tiempo -gato escaldado- hizo un paréntesis de incertidumbre que llegó a su fin con tres palabras pronunciadas como tres aldabonazos que rompiesen el himen virginal de la mañana.
Al sentarse, volvió a sumergirse en un mar de papeles que amenazaban con desbordar los límites de la mesa.
Me retiré porque intuía que aquel no era un buen día para batallar.
Al igual que Dante y tantos otros, quiso iniciar en su madurez un camino de perfección. Coincidió con Pierre Menard en que no existía otra vía posible que la ya experimentada. Como Villon, su rastro se perdió al final de una soga o de una escalera.

La culpa fue de la línea de sombra que partía de través la pared encalada y también supongo que algo tendría que ver el calor de la media tarde. La diagonal de luz y oscuridad atraía su mirada hacia ella, capturaba el pensamiento y lo esclavizaba de tal manera que lo único posible en ese instante era volcarse sobre la balconada y dejarse vencer. No corrían tiempos de heroicidades y la línea de sombra y la balconada eran demasiado atractivas. La derrota era, sin duda, su mejor opción, vistas las circunstancias.
Su cuerpo cayó al vacío, despacito, y mientras comenzaba la caída, sintió el roce de la baranda sobre su vientre. Todavía no se ha podido saber por qué, pero fue justo en ese instante que deseó con todas su fuerzas no haberse visto atraído por la línea de luz ni haber oído la llamada de la derrota. Se arrepintió, y mientras su cuerpo bajaba, el arrepentimiento se hizo rabia, y después tristeza, tan sólo tristeza, enorme tristeza.
Algunos de los testigos afirman que justo antes de que el cuerpo se estrellara contra el pavimento, vieron como de sus ojos fluían gotas de un líquido rosado -lágrimas, las llamaron- que terminaron por inundar la calle de nostalgia. Otros creyeron ver que el cuerpo quedaba como suspendido en el aire, que no terminaba nunca de bajar, como si no quisiera destrozarse en el pavimento. Me dijeron que luchaba por trepar el aire, por devolverse a la balconada. Pero la mayoría de los presentes solamente cuentan que lo vieron romperse como cristal, y lloraron con el estrépito de los huesos quebrados, y todo fue tristeza y la línea de sombra sobre la pared encalada contemplaba el cadáver y se retiraba, poquito a poco, como queriendo marcharse sin ser vista.
Una mujer observa las vidas de otras personas mientras viaja en autobús. Es una actividad tan repetida que se ha convertido en rutinaria y mecánica. Casi siempre se trata de los mismos viajeros, lo que ha creado entre ellos una cierta familiaridad que no llega a traspasar la frontera invisible de la palabra intercambiada. Tan sólo ráfagas visuales de reconocimiento.
El vicio de esta mujer es la mirada que busca penetrar en la vida de las gentes que con ella comparten el trayecto. Probablemente espera encontrar consuelo en la comprobación de que cada día es igual o parecido al anterior. Nadie falta, nada cambia, todo está bien.Un día, sin embargo, sucede algo extraño. Alguien lleva en las manos un libro inadecuado en ese contexto y provoca en otro viajero un destello de sorpresa en sus ojos. A lo largo de las siguientes jornadas, la mujer asiste callada a un diálogo entre libros leídos que no llega a comprender porque no entiende de letras escritas, aunque sí de gestos, comisuras de labios, acercamientos y miradas. Por eso sabe que los libros han provocado que nazca la complicidad entre sus dueños. No se atreve a imaginar hasta dónde puede llevarlos.También asiste, quizás, a la ruptura, cuando uno de los dos se presenta desnudo de lectura. Es posible que los viajeros objeto de espionaje dejen de coincidir por algunos días y la intriga por la razón que explique la ausencia se adueñe del pensamiento de la mujer. En otro momento, se producirá el reencuentro. Pero nadie cruza palabras, solamente impera la narración y el desvarío de la mujer que es testigo de la historia.

La casa que buscaban se encontraba al final del camino en el que les sorprendió la noche. De repente, se hizo el oscuro. Aquello fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor y se apagase el cielo: azul eléctrico, primero; azul muy oscuro, después; negro, al final. Recuerdan quienes lo vieron que el niño se puso a temblar de frío, de miedo tal vez, al tiempo que la mujer creemos que lo tomó de la mano mientras seguían los pasos de un hombre que, a corta distancia, parecía ser el guía de tan triste expedición.
En tan sólo unos segundos, las manos de la mujer y el niño se separaron, que poco dura la protección cuando la noche llega decidida. Sin estridencias, la mujer fue rezagándose, alejándose del muchacho que la miraba con unos ojos incapaces de verter lágrimas por una pérdida que se le antojaba inexorable. El hombre, por su parte, seguía marchando, y también el niño que, pese al llanto contenido, no se atrevía a apartarse de las huellas que marcaban la ruta hacia la casa del final del camino. La mujer quedó atrás, engullida por una noche dispuesta a celebrar la nueva pieza cobrada con una algarabía de aullidos, rumor de maleza y baile de ramas. Cuando al fin desapareció, la casa aún no asomaba ante los ojos de los caminantes.
Hombre y muchacho quedaron solos en el camino que atravesaba el bosque, devorados por la oscuridad y asaeteados por ruidos desconocidos que se clavaban en sus cuerpos como flechas disparadas por el más diestro y villano de los enemigos. Con los ruidos, con la noche y su soledad, se presentó también el miedo en forma de sombra que recorría los pasillos formados por las hileras de árboles. El niño comenzó a temblar, pero el hombre no se detuvo.
- ¡Papá! No puedo andar más, no voy a llegar a la casa.
Seguía caminando, aunque con pasos cada vez más breves. El padre miró a su hijo, vio su dolor y se dirigió hacia él. No le dijo nada porque no solía hablar mucho, le faltaban palabras y probablemente situaciones en que emplearlas. Solamente tomó su mano y condujo al muchacho hacia un ensanchamiento del camino al borde del cual crecía un árbol junto a una gran roca manchada de musgo verdinegro. Allí pararon, porque el lugar parecía ofrecer una mínima protección frente a las voces del bosque y sus sombras.
Se sentaron, y el padre apoyó su espalda contra la roca, acarició la cabeza del muchacho y éste también se recostó sobre el brazo derecho del hombre. No tenían mucho de qué hablar y en ese momento no parecían tener el valor necesario para nombrar lo que verdaderamente les preocupaba. Es seguro que ambos recordaban a la mujer, la madre, recientemente perdida en el camino. Ella había sido siempre el nexo de unión, faro y punto de referencia de la familia. Sin embargo, ya no estaba.
El chico seguía temblando de frío y de miedo. Se abrazaba a la cintura del padre con una fuerza inusitada que reclamaba una protección que el hombre, pese a su deseo, no estaba en condiciones de proporcionar. Silencio y ruido. Frío y oscuridad. Miedo y necesidad de protección. Impotencia. El bosque en todo su esplendor.
Las sombras que antes se veían a lo lejos cada vez estaban más cerca del reducto improvisado en el que hombre y muchacho habían decidido aguantar sus miedos hasta el amanecer. La primera que llegó se estrelló contra la piedra protectora y ese accidente enseñó a las otras cuál era el camino a seguir. Poco a poco, el viento negro móvil del bosque fue tomando posiciones en los árboles cercanos, en el borde del camino y en las inmediaciones de la gran roca. El niño no hacía más que temblar mientras el padre lo miraba sin encontrar la manera de evitar el peligro indudable que sobre ellos se cernía. La muerte era en aquella noche mucho más que una posibilidad; era una figura con cara de sombra y cuerpo de sombra que se abalanzaba sobre el padre y el hijo con determinación clara y contundente. Por mucho que el hombre cobijase al niño en su seno no podría –lo sabía- evitar la victoria final de tan poderoso enemigo. Sus cuerpos crujían de dolor y miedo mientras la noche, el bosque, la lejanía de la casa al final del camino y los recuerdos ganaban terreno en la batalla.
Cuando todo estaba ya irremisiblemente perdido, el padre comenzó a entonar una salmodia al principio inaudible que fue ganando cuerpo a medida que crecía en entidad. Érase una vez, comenzaba, y tras esas palabras brotaron de sus labios como a chorro las palabras que componían una historia; y con cada frase parece que se levantara una columna; y de cada columna se diría que brotaban vigas que terminaban por sustentar un techo protector. A medida que la historia avanzaba, las palabras, las ideas, los personajes poblaban la ínfima construcción hasta completar un hogar improvisado para padre e hijo. Solamente con la mentira final se cerró la puerta del refugio de palabras. En el engaño del fueron felices pudieron cobijarse hombre y muchacho hasta que la luz del alba volvió a mostrarles el camino largo, pero libre, que conducía a la casa. De las fieras sombras que tan cerca estuvieron de conseguir su objetivo sólo supieron que les seguían a un tiro de piedra, esperando, probablemente, una nueva ocasión en la que lograr su objetivo.
En la llanura donde el verde sueña
una ciudad, una campana rompe
la tarde quieta sobre el monte umbrío:
Bérgamo queda.

Mirad esas ridículas caretas
que ocultan la verdad de los espejos,
que muestran a las claras lo que esconden,
porque nada hay tras ellas,
porque son pura pose,
porque no guardan ya ningún secreto.

Fotografía de Jey-Heich
Para abrazarte
no he bajado al infierno,
sino a la tarde.
Nos gusta dibujar en la arena mojada de la bajamar, sobre todo en las tardes de agosto, cuando el sol comienza su descenso hacia el poniente. Humedad en el aire y olor a tranquilidad.
Este año la figura estrella es el pulpo cabezón y bracilargo, y el barquito de pesca que se le acerca por la espalda -¿tienen espalda los pulpos?-. Sobre ellos, un sol infantil que sonríe ante la escena.Sonríe el sol, como sonríe el niño que vende toallas por la playa, orilla arriba y abajo, cargadito y mirando los grupos de veraneantes que tuestan sus carnes al sol -¿risueño?- de la tarde.A veces, el niño de las toallas se para a mirar nuestro dibujo y los ojos parece que le brillasen. Se detiene, como el sol dibujado, a contemplar la extraña escena de niños y adultos arrojados al suelo y armados de piedritas con las que arañar la arena.
No puedo evitar pensar en por qué le brillan los ojos al niño que vende las toallas. Se me ocurre que, quizás no hace mucho, también él dibujaba formas en la arena de la bajamar de las playas de Tanger o de Nador o de Tetuán. Es posible que también él dibujase soles sonrientes y pulpos y estrellas de mar y, un día, una barca. Y puede ser que, jugando, jugando, se montase en la barca de fantasía de la arena del anochecer y la barca zarpase y el dibujo lo trajese, jugando, jugando, a estas playas del lado opuesto en las que ya no puede dibujar en la arena, sino pasear la playa cargadito de toallas y, de vez en cuando, pararse a mirar cómo pintan las familias sus pulpos y sus soles en la arena de la bajamar.
No me siento capaz de elegir
entre el dulce tacto o la aspereza,
entre el brillo ajado, aunque al fin fulgor,
y el pardo polvoriento y pegajoso.
No me siento capaz de tocar
la rugosidad manifiesta de tus páginas
sin bañarme también en la suavidad
deslizante de tus orillas.
Amor de libros de alta y baja cuna,
polvo y letra, suciedad y gloria.
Palabra escrita.
Pego a continuación un minirrelato ya bastante antiguo. Sin embargo, con los primeros calores de cada año, sigue cobrando actualidad.
Espacio
Me miraba con esos ojos de reproche que no soporto, como diciéndome que no podía hacer nada por evitar su presencia, que había tomado ya posesión del espacio y que, o lo compartía con ella o debía ser yo el que apartase la mirada. Supongo que no esperaba una respuesta tan inmediata a su provocación y que en su pequeña cabeza, en su limitado mundo, no se contemplaba la posibilidad de que sucediese lo que pasó, pero a veces soy un hombre decidido, tanto que incluso llego a asustarme de mis reacciones.
Lentamente apoyé mi pie sobre su cabeza y apreté, suavemente al principio, creciendo en la presión, gustándome, diría ahora, hasta que ese sonido característico me confirmó su final. La primavera provoca que nuestro mundo se vea invadido por estos seres indignos que piensan que, porque probablemente sean los únicos supervivientes de un ataque nuclear, tienen derecho a presentarse en nuestras casas con agravio de nocturnidad y robarnos nuestro espacio. La cucaracha murió como mueren todas, luchando por escapar, sufriendo terribles dolores, supongo. Espero que alguna de sus compañeras pudiera contemplar su agonía para que contara al resto que conmigo no se juega, que no me ando con tonterías.
He nacido
entre olvidados naranjos,
moreno de noche cálida
y culpable
de que las nubes oculten
el fulgor de las estrellas.
He llegado
para que marches con el alba,
hurtándome tus cansancios,
tus risas y tus fracasos.
He venido
para sólo hallar tu ausencia
aguardando en el salón.
"Pasa." - Dices.-
"Hace tiempo que esperaba."

Se corre el riesgo, cuando se releen los cláicos, de caer en la tentación de imitar sus formas. No hace mucho leía los versos de Esteban Manuel de Villegas y no pude evitar pecar e imitar sus sonoros y excepcionales sáficos. Sé que el resultado no es muy bueno, pero sí pienso que tiene una virtud, pues responden a un doble reto personal: construir algo tan artificioso como una estrofa sáfica y recuperar un espacio de la infancia perdida y olvidada en los vericuetos de la memoria.
Sáficos de Santa Isabel.
Brutal torrente de promesas lleno,
azar dichoso, insoportable pálpito,
soñado sueño, caprichoso grito:
fuente sonora.
En una esquina de la plaza sola,
una columna vieja y rota alerta
de los futuros desconsuelos, sueña
cantos de cisnes.
Y entre la fuente y la columna ajada
brota la imagen de un rapaz que grita,
salta y persigue en esta plaza muerta
su soledad.
¿Soy yo quizás el que feliz recorre
las autopistas del recuerdo muerto?
¿Soy ese muchacho de travieso andar,
uno en la plaza?
De norte a sur recorre mi alma y rostro
un imprevisto surco,
amargo resto de cien derrotas,
mil fracasos y un olvido;
sorpresa de la mañana,
regalo envenenado de la experiencia.
Ya no me reconozco en los espejos.
Hace un par de años escribí este relato y lo presenté al Concurso Gloria Fuertes, convocado por la Biblioteca Municipal de La Rinconada, en Sevilla. Tuve la fortuna de que me lo premiaran y editaran en un pequeño volumen, junto con los demás trabajos premiados.
Como es demasiado largo para la extensión conveniente a una entrada de blog, os dejo a continuación el enlace a un documento:
- El Lector.
Casi toda mi vida he intentado huir del sevillanismo, pero con estos cuarenta y demasiados años que me alumbran ya no puedo luchar más contra mi naturaleza. Nací en esta ciudad, en ella he vivido, a ella maldigo y de ella disfruto. El folklorismo barato de túnicas nazarenas y mujeres aflamencadas me horroriza y me atrae a la vez, quizás por una simple cuestión estacional. Se me antoja Sevilla compleja y completa, como todas las ciudades, supongo. Purista y rompedora, conservadora y progresista, incoherente, viva, predecible y misteriosa cuando quiere, literaria.
A Sevilla -a mi relación con ella- quiero dedicar una sección de esta bitácora. No puedo imaginar lo que dará de sí. Es probable que malviva con algunas entradas desperdigadas en el tiempo, pero también me gustaría pensar que me servirá para escribir sobre cuestiones que llevo años pensando abordar y que la desidia, la vergüenza y las urgencias han obligado a postergar. No puedo ni debo prometer nada, porque al fin y al cabo esto es un blog, se hace en presente y no soporta bien los proyectos. Ya veremos.
La primera entrada de la sección quiero que vaya acompañada de un poema de Charles Bukowski que hoy pienso que responde a mis intenciones, pero que -aviso- puede no guardar relación con el devenir futuro, si es que lo hay.
Un poema es una ciudad llena de calles y cloacas,
llena de santos, héroes, pordioseros, locos,
llena de banalidad y embriaguez,
llena de lluvia y truenos y periodos
de ahogo, un poema es una ciudad en guerra,
un poema es una ciudad preguntando por qué a un reloj,
un poema es una ciudad ardiendo,
un poema es una ciudad bajo las armas
sus barberías llenas de borrachos cínicos,
un poema es una ciudad donde Dios cabalga desnudo
por las calles como Lady Godiva,
donde los perros ladran en la noche y persiguen
la bandera; un poema es una ciudad de poetas,
muchos de ellos muy similares
y envidiosos y amargados…
un poema es esta ciudad ahora,
a 50 millas de ninguna parte
a las 9:09 de la mañana,
el sabor a licor y cigarrillos,
sin policía, sin amantes, caminando en las calles,
este poema, esta ciudad, cerrando sus puertas,
fortificada, casi vacía,
enlutada sin lágrimas, envejecida sin pena,
las montañas rocosas,
el océano como una llama de lavanda,
una luna carente de grandeza,
una leve música de ventanas rotas…
Un poema es una ciudad, un poema es una nación,
un poema es el mundo…
Y ahora pongo esto bajo el cristal
para el loco escrutinio del editor
y la noche está en cualquier lado
y lánguidas damas grises se alinean
el perro sigue al perro al estuario
las trompetas anuncian los patíbulos
mientras los hombrecillos deliran sobre cosas
que no pueden hacer.
Traducción de Guillermo Vega Zaragoza.
Fuente: Sergi Puertas: La página de Charles Bukowski.
No he vuelto del infierno,
no he roto la virginidad nocturna
con el deseo enfermo o con el vaso.
Sólo tengo una vida
tranquila, mediocre, aburrida y clara
para componer con esfuerzo un verso.
Y leí tu voz.
A cuchilladas.
Escuché tus ojos.
A dentelladas.
Descubrí tus labios.
En desbandada.
Todo era oscuridad
de cuerpos que se alejan.
Tristeza insoportable.
Silencio.
Viento.
Nada.
Hace ya seis años escribí una primera versión de este poema que publiqué en Las letras y las cosas. No sé muy bien si esta nueva redacción mejora la anterior o si debiera olvidar el poema. Pego a continuación la versión antigua:
Y leí tu voz.
A cuchilladas.
Y oí tus ojos.
A dentelladas.
Y vi tus labios.
En desbandada.
Cayó el silencio, y todo era oscuridad
de cuerpos que se alejan,
insoportable tristeza,
viento,
nada.