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Café

Publicado por caboclo

 

Camina con la mirada perdida, paso tras paso y calle tras calle. Parece tener muy claro que vivir es moverse, ir de un lugar a otro, no parar. Después de casi una hora vuelve a transitar por los mismos lugares. Alguien percibe su desorientación y adivina en su desaliño que algo no funciona del todo bien.


En otras circunstancias no se habría percatado de nada, porque su existencia es tan complicada que le impide descubrir el desconcierto ajeno; sin embargo, ese día se siente vieja y cansada. Por primera vez se le ha hecho insoportable el silencio de la mañana, la soledad de su cocina, tan ordenada, limpia y reluciente, tan sin vida. Camino del trabajo se ha detenido a tomar un café, y luego otro, que hay días en que una se levanta con el paso cambiado y necesita tomarse un respiro para enfocar. Ha contemplado los grupos de madres que vuelven de abandonar a sus hijos en la escuela. Las escucha quejarse sin parar de los precios, de los maridos o de las rarezas del hijo adolescente. Asiste a la conversación en la distancia y desea por primera vez ser una más del grupo y no la propietaria de una cocina reluciente donde el sonido de la cafetera retumba cada mañana avisando de que otro barco zarpa, mientras ella, como siempre, se queda en el muelle, despidiendo, esperando, sola y tan moderna, vestida con tacones de vértigo y un elegantísimo traje de corte sastre, hermosa y envidiada.


Pero hoy más que nunca ha deseado embarcar en esa nave, vestir ropa cómoda y ser menos brillante. Por eso, después de no sé cuántas tazas de café, ha reunido valor para acercarse al hombre desaliñado que, a estas alturas, ya ha pasado por tercera vez delante de la cafetería. Lo toma de la mano y le habla suavemente, ya es hora de volver a casa. El anciano inicia una tímida protesta que no puede competir con el beso en la frente y la caricia amorosa en la mejilla. El hogar no está lejos, apenas unos metros más allá de donde se ha producido el encuentro, ¿te acuerdas ya? La mirada del viejo quiere identificarla, pero es incapaz de dar con su rostro de mujer hermosa entre los recuerdos. Su piel es tan suave, sus gestos tan firmes y seguros que se deja llevar hasta una cocina desconocida, como tantos otros lugares, como toda un vida convertida en constante presente que se difumina en la niebla espesa. Ella pone la cafetera y aguarda. Ahora suena sin ese molesto eco que provoca el vacío.


Categoría: Mediaturas | 2 Comentarios

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Comentarios

1
De: Luisa Hurtado González Fecha: 2011-03-23 20:39

La soledad es muy mala, peor aún cuando está bien descrita, como es el caso. Me alegro por los dos, parece que quizás necesiten lo mismo y si... después del cafe, empiezan a charlar, más que mejor. Me gustó mucho, sobre todo a partir del segundo párrafo.
Un saludo.



2
De: Caboclo Fecha: 2011-03-24 16:21

Pues ahora que lo dices, creo que tienes razón: podría (y, quizás, debería) eliminar el primer párrafo sin que se perdiese el sentido del texto.
Gracias por la visita y sugerencia.



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