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Los cuatro magníficos

Publicado por caboclo

 

 

Son las cinco de la tarde y hace frío. La zona de trabajo está desierta a estas horas y nada queda ya del ajetreo matinal, apenas el eco del trasiego de camiones y el retumbar de la enorme grúa azul que, acariciada por un viento juguetón, ostenta el protagonismo del paisaje. Es en ese momento, precisamente entonces, cuando las cuatro figuras aparecen recortadas sobre el decorado fantasmal del muelle. Caminan alineados, hombro con hombro, con pasos breves. Es su territorio y lo saben. Tan sólo las tinieblas del anochecer discutirán su dominio; sin embargo, en este momento, las cuatro figuras, armas en ristre, son dueñas de la nada. Han dejado tras sus pasos la seguridad de la avenida y sus tristes comercios de efectos navales, el tráfico, el ir y venir de las ambulancias, el puesto de guardia donde dormita un marinero que siempre tiene la misma mirada fija, aunque tras ella alumbren las playas del sur o el bravo mar de las costas del fin del mundo. A las cinco de la tarde de cada sábado, los cuatro magníficos se adentran en un territorio inexplorado que, aun siendo siempre el mismo, se torna nuevo por obra y gracia del deseo.

No hay que esperar mucho para que la acción se dispare. A los pies de la gran grúa duermen algunos sacos que contienen restos del cereal transportado por el carguero que vieron partir al punto de la mañana. El más alto de los cuatro se acerca con sigilo y contempla los estragos que las alimañas han provocado. Aunque ya no queda ninguna por los alrededores, el rastro que han dejado es claro: una hilera de grano apunta directamente al macizo de adelfas que se encuentra a unos diez metros a la derecha. Los cuatro magníficos saben bien lo que han de hacer. No es la primera vez ni esperan que sea la última. Rutinariamente, se acercan a unos metros del blocao vegetal; dos de ellos hincan la rodilla en tierra, mientras que otro se mantiene en pie a su espalda. El más alto -quizás el líder de la escuadra- ha recogido un trozo de adoquín, pesado y voluminoso, y se sitúa entre la formación y el refugio enemigo. Guardan silencio. Sopla un aire húmedo procedente del río que porta en su seno promesas de peligros jamás conocidos. Con meridiana claridad, el jefe del grupo de asalto da a entender que lanzará el trozo de piedra. Deben estar preparados, porque es seguro que tras el impacto los despreciables seres que cobardemente se esconden al abrigo de las flores se lanzarán en frenética carrera sin dirección. No conocen el número de oponentes y bien podría suceder que se vieran arrollados por la desbandada o, incluso, atacados y heridos por la salvaje horda. Han de ser precisos y rápidos. La primera andanada debe impactar sobre las unidades de vanguardia y modificar así la dirección de las alimañas supervivientes. Si la estrategia tiene éxito, dispondrán de una oportunidad más de diezmar las fuerzas enemigas tras recargar las carabinas con nuevos balines de plomo.

La tarde se ha puesto espesa. No hay posibilidad ya de dar marcha atrás. El más alto grita mientras arroja el peñasco contra las flores. El efecto es el esperado: no menos de diez bestias de descomunal tamaño se precipitan contra el atardecer y la humedad del muelle. La escuadra dispara la primera andanada y derriba a dos de las que parecen guiar a un grupo que se dirigía feroz hacia los muchachos. La tropa que las sigue, al verse sin enseña, rompe la disciplina y huyen en diferentes direcciones. Se oye el chasquido metálico de los cañones que se abren y el golpe seco del cierre. Hay espacio y tiempo para una segunda descarga, aunque ya sin el orden ni la precisión de la anterior. La escuadra se orienta en diferentes direcciones, cada uno de sus miembros fijo en un objetivo diferente. También el más alto se ha sumado a la matanza: dispara, carga, dispara, vuelve a cargar. Las bestias corren presas del desconcierto y caen unas tras otras, alfombrando de cadáveres el pavimento que rodea la gigantesca grúa azul. Al terminar la acción de castigo, no menos de seis cuerpos se suman al desolador paisaje que ofrece el muelle de carga del puerto. La escuadra contempla en silencio el resultado de su acción; pero, pasados unos instantes, los gritos de los cuatro chicos explotan al unísono para competir con los chillidos de las criaturas moribundas y con el canto del viento en la tarde del sábado. “¡Muchachos, -grita el que oficia de jefe de grupo- el Séptimo de Caballería ha sido vengado!”.

Categoría: Criaturitas, Mediaturas | 0 Comentarios

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